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 La alianza entre capitalismo y patriarcado vierte sus efectos sobre millones de mujeres en el mundo, expresándose de manera desigual en función de la clase social, la edad, la etnia, etc. La conquista a lo largo de la historia de derechos formales fruto de las luchas de las mujeres en el mundo, lejos de suponer la superación del patriarcado y la instauración de un modelo de relaciones humanas y de género basadas en la solidaridad, la reciprocidad y la igualdad, ha desplegado nuevas formas de dominación patriarcal, adaptadas al modelo neoliberal y a las exigencias del mercado mundializado.
El neoliberalismo ofrece nuevas combinatorias entre la contradicción de clase y de género que multiplica las formas de opresión, a la vez que la capacidad de las mujeres trabajadoras como sujeto transformador de cambiar radicalmente su situación concreta y de producir avances sustanciales a nivel global. Miles de movimientos de mujeres en el mundo, cada uno desde su perspectiva cultural, desde sus condiciones materiales y subjetivas concretas, están ganando espacios negados y derechos violados, aportando su granito de arena en la construcción de otro mundo posible para . Ahí siguen en la lucha las mujeres saharaüis, las mujeres iraquíes, las mujeres indígenas... La fragmentación, flexibilidad y desregulación del mercado laboral junto a la privatización de los servicios públicos, que dan una nueva vuelta de tuerca con los planteamientos contenidos en el borrador de la Ley de dependencia, ahondan en los principios que rigen el neoliberalismo, sobredimensionando la feminización de la precariedad y extendiendo esta a amplios sectores sociales, cada vez más cercanos a la exclusión social y vital. La privatización de los servicios públicos, la precarización del empleo y de las relaciones humanas encadenan con más fuerza si cabe, las opciones vitales de las mujeres jóvenes, que aún teniendo una cualificación superior a la que tuvieron sus madres y abuelas en décadas anteriores, continúan accediendo en desigualdad de condiciones al mercado laboral, continúan sometidas a la doble jornada y a una representación de sí mismas que las obliga a relacionarse con su entorno de una manera diferenciada y subordinada cuando no desde la estigmatización. La precariedad que se presenta como el elemento en torno al que circula la vida de l@s trabajador@s del siglo XXI, en el caso de las mujeres se da en una red de exclusión múltiple. Por un lado, el lugar que estas ocupan en el mercado de trabajo, como fuerza de trabajo secundaria, que desarrolla los trabajos más infravalorados socialmente, a la vez que percibe un salario inferior al de los hombres por el desempeño de tareas similares, y ocupa las más altas tasas de trabajo temporal y/o a tiempo parcial. Por otro lado, la precariedad de género como consecuencia de una vida vivida exclusivamente en función de los demás, con un alto grado de enajenación personal, que tiene su núcleo en la estructura familiar asignada como ámbito de responsabilidad femenina y que siempre cobra su peso a la hora de plantearse una incorporación real e igualitaria al escenario público en todas sus dimensiones actuales. La división internacional del trabajo contiene también un sesgo de género que se traduce en la feminización de la pobreza y del fenómeno migratorio. El empoderamiento en clave feminista que podrían suponer las migraciones femeninas no es tal, en el momento en el que se integran en unas sociedades que las discrimina en tanto que mujeres, inmigrantes y trabajadoras, requiriéndolas solo como mano de obra barata que vendrá a asumir empleos feminizados profundamente precarizados en el circuito de la economía sumergida, donde solo aquel que posee los medios de producción mantiene intactos sus derechos. La precariedad es violencia, violencia contra el derecho a vivir dignamente, violencia que se manifiesta en modo extremo a través del terrorismo empresarial y de la violencia de género, en cuyo punto de mira siempre están las mujeres, y especialmente las mujeres precarias, y de entre estas, las más precarias de las precarias: las mujeres inmigrantes. La violencia de género continua constituyendo la máxima de la dominación patriarcal, del deseo de dominio, control y propiedad que el sistema patriarcal genera en los hombres, disponiendo estos de las mujeres como si de otro objeto de consumo cualquiera se tratase. Por ello, desde la UJCE hacemos un llamamiento a todas las mujeres a crear nuevos espacios de lucha colectiva que actúen sobre nuestras condiciones concretas de existencia. A las mujeres trabajadoras autóctonas y a las inmigrantes, a las jóvenes y a las mayores, a las trabajadoras domésticas, a las sindicadas, a las que participan en movimientos políticosociales y a las que pensaron que la política era cosa de hombres. Hacemos un llamamiento a organizarse contra la precariedad, contra la precariedad que impone el género a las mujeres, y que aun violentando nuestras vidas , nos da un doble impulso para luchar por nuestros derechos, desde locotidiano y personal a lo político, y viceversa. BASTA DE TERRORISMO PATRIARCAL POR UNA LEY CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO CON RECURSOS, EFECTIVA Y EXTENSIVA A LAS MUJERES INMIGRANTES. CONTRA UNA LEY DE DEPENDENCIA QUE PRIVATIZA LOS SERVICIOS PÚBLICOS, LUCHAMOS POR LA SOCIALIZACIÓN DEL TRABAJO DOMÉSTICO Y DE CUIDADOS QUE NUESTROS DERECHOS DEJEN DE SER PAPEL MOJADO: POR UN CURRO DIGNO, SIN SEGREGACIÓN DE GÉNERO POR UNA VIVIENDA DIGNA POR UNA EDUCACIÓN PÚBLICA, GRATUITA, LAICA Y ANTIPATRIARCAL POR UN OCIO JUVENIL NO BASADO EN EL CONSUMO DE ESTEREOTIPOS FEMENINOS. |